Granada, una ciudad colombiana de 10.000 habitantes situada a 370 kilómetros de la capital del país, sufrió una guerra durante los últimos 25 años. Pero durante este tiempo, sus residentes también lograron construir espacios de paz y reconciliación. El gobierno y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) firmaron un acuerdo en noviembre para poner fin a sus combates, pero firmar algo no significa que todo esté mágicamente bien. Construir la paz no será ni fácil ni rápido, pero las lecciones que lugares como Granada dan, allanarán el camino para lograrlo.

La guerra en Granada

Debido a su ubicación geográfica privilegiada en una zona montañosa, cerca de la carretera Medellín-Bogotá, Granada se convirtió en el blanco de guerrilleros, paramilitares y el ejército a partir de mediados de los años ochenta. Sufrió amenazas, masacres, coches bomba, desplazamiento, ocupación militar, secuestros y ejecuciones extrajudiciales.

Supervivencia en el territorio de Granada

A pesar de la fractura del tejido social, la creatividad y la resistencia de las personas lograron aliviar sus efectos. Durante la ocupación de la región por los paramilitares -fuerzas no oficiales que surgieron para luchar contra las FARC, pero que también perpetuaron la violencia- entre 2002 y 2004, el toque de queda nocturno forzó a la población a crear espacios para reuniones interiores.

Entre el 2004 y el 2010, el primer viernes de cada mes, el pueblo de Granada encendió velas en las puertas o en los balcones de sus casas en memoria de las víctimas de la guerra. Al mismo tiempo, se creó la iniciativa “Caminos de apertura para la vida”, en la que los residentes siguieron los caminos que los asesinos caminaban con sus víctimas, con el objetivo de dar un nuevo significado a la vida de las víctimas. Un viacrucis se realizó con piedras de colores pintadas, con los nombres de las 128 personas desaparecidas de la región y el “Parque de la Vida” fue construido como un lugar permanente para exhibir las piedras.